19 nov

Marina reconoce  la residencia de ancianos Elorduy era como una gran familia: la fundación, la congregación de monjas, los trabajadores, los residentes, los familiares y la gente de los pueblos de alrededor. Todos participaban en la vida del “asilo”, como era conocida la residencia.

Las fiestas de la Inmaculada y de Santa Ana se celebraban a lo grande. “Lo que comían las monjas comíamos nosotras”. Otra fiesta importante era el cumpleaños de la superiora. Sobre todo con la hermana María era impresionante, porque venía de familia con mucho dinero y con ella era fantástico, se gastaba mucho dinero en traernos lo mejor a todos.

La gente de los pueblos ha participado muchísimo en la actividad de la residencia.

La sociedad de caza y pesca organizaba tiro al plato y tiro al pichón , y lo que se recaudaba era para la residencia.

Montaban un chiringuito y en la cocina se hacían calditos, tortillas y bocadillos para venderlos a la gente que venía a los concursos.

Los trofeos se colocaban en lo que hoy es el fumadero y que antes era el almacén de patatas y vino. Los premios menores llevaban como obsequio botellas de vino. Venía gente del pueblo y alrededores.

Otra manifestación del cariño hacia la residencia, eran los donativos. Nos cuenta Marina que en el ático había una loseta de mármol donde figuraban los nombres y los donativos recibidos.

Yo vine a trabajar de sustitución y luego me quedé. Había autobús cada mucho pero gracias a que tenía coche no supuso gran problema. Dice Marina que aquí ha recibido mucho cariño y cuenta como en una ocasión  la superiora, por aquel entonces la hermana Engracia, “vino con mi padre y mi hija en brazos, en un taxi para que vinieran a visitarme mientras trabajaba”

Marina se casó en la residencia hace 34 años y la hermana María mandó pintar la capilla para la ocasión. “La alfombra verde de la capilla, la estrené yo.”

Algunos abuelos ayudaban en las labores del asilo.

A Marina le vienen a la memoria  residentes como Flor, Feli, Begoña Ukar; Esta última era conocida por “la  mudita” que perdió la fé cuando fue a Lourdes con el deseo de poder hablar y como no fue así, se reveló a su estilo, aunque no dudaba en ayudar a las monjitas que la acogieron .

“También me viene a la memoria Conchi, otra señora que nos hacía los recados y que todo lo que podía ahorrar lo guardaba para ayudar a sus sobrinos.”

En la residencia de ancianos Elorduy se han vivido muchas historias llenas de anécdotas. Nos cuenta que en una ocasión el cartero de Barrika que en aquellos tiempos, era quien subía las pensiones a los asilados todos los meses  “un mes se le olvidó entregarlas” y después no salía de su casa por vergúenza. El hombre al paso de los años acabó viviendo en la residencia.

“Tuvimos una residente, Margarita, muy apañada para todo”. Un día cogió un puchero de la cocina que se había tirado por roto y se fue a la parada del autobús. Allí dio la vuelta al puchero y le sirvió de asiento hasta que vino el autobús. O la historia de Mª Aranguren, que estuvo desaparecida durante toda una noche durmiendo en un panteón . Fue Marina  quien la recogió.

Pero una anécdota muy divertida fue la protagonizada por Baldomero que salió un día con un grupo de excursión a la Bien Aparecida. Una vez allí él y otro residente,  Juan Antonio, fueron a conocer el pueblo y se olvidaron de volver. El autobús se fue sin saber donde habían ido. Al día siguiente estaban los dos en Bilbao. Habían pasado la noche en algún garaje según  contaron después. Antonio y Baldomero debieron discutir y Antonio se volvió a la residencia pero Baldomero que no tenía tantas luces, se fue a la Estación del Norte y allí pidió billete para Plentzia, pero como no hablaba muy bien en la taquilla le entendieron Palencia. Al llegar a su destino, “que el consideró una eternidad, y bajar, lo primero que pensó fue: ¿ dónde esta la ría? ¿Y el bar de Kotelo?”, pensando que estaba en Plentzia.

El trabajo de la lavandería se distribuía por días:

Los lunes, se lavaba la ropa de los hombres. Los martes la del ala izquierda, los miércoles la del ala derecha, los jueves Gardoki y los viernes general (hoy enfermería en la planta baja).

El domingo era festivo y se hacia solamente lo estrictamente necesario, comidas, camas y desayunos y en cuanto servíamos las comidas y fregábamos nos íbamos. Las cenas las dejábamos hechas y luego venían dos personas (la madre de Esteban y tía de Rosario, Antonia) para calentarlas y cada una iba a un comedor. Antonia se jubiló con setenta años.

“Fueron tiempos de mucho trabajo, pero muy felices” afirma Marina muy agradecida.

Marina se jubila en la residencia de ancianos ElorduyR.M.Martin